Además de utilizar los aranceles como baza negociadora en temas que nada tienen que ver con la economía y el comercio internacional, uno de los principales argumentos que expuso Donald Trump para la imposición de los mal llamados aranceles recíprocos era poner fin a una especie de desagravio comparativo en las relaciones comerciales de Estados Unidos con el resto del mundo y acabar con una situación en la que, según el presidente estadounidense, el resto de las economías se aprovechaba de la buena fe que había desplegado la primera potencia del mundo en décadas anteriores. Trump logró vender un mensaje de fortaleza en el que esa buena fe se había acabado, y en el que el resto de los países deberían pagar a partir de ahora una especie de peaje, una especie de tributo para devolver todo lo que se le había quitado a Estados Unidos. Como recordarán todos ustedes, al principio reinó el pánico entre las grandes economías que mantenían relaciones comerciales con Estados Unidos, y antes que meterse en una guerra comercial con la primera potencia del mundo, se firmaron acuerdos que beneficiaban mucho a EE. UU. sobre el papel, y muy poco a los demás.
En ese momento hubo gente que vio bien esa posición de fuerza de Trump, sin reparar en las consecuencias. Y hace meses que esas consecuencias son más que palpables: ralentización del comercio internacional, precios más altos y, sobre todo, un nuevo escenario internacional, un escenario donde esas relaciones han dejado de ser multilaterales, y han pasado a ser bidireccionales: todas parten de Estados Unidos.
Sin embargo, esa afrenta de la que tanto hablaba -y habla- el presidente de Estados Unidos no es cierta, o por lo menos no lo es en la medida en que nos la quiere hacer creer el magnate estadounidense. Veamos un ejemplo. El pasado año, las exportaciones españolas hacia Estados Unidos alcanzaron un valor de 16.716,2 millones de dólares, ocho puntos por debajo de 2024. Por el contrario, las importaciones crecieron un 7% hasta los 30.174,7 millones de euros. Es decir, la balanza comercial España-Estados Unidos es claramente favorable a la potencia americana. Siguiendo el simplista análisis realizado por el propio Trump, ¿quién engaña a quién?