Asurancetúrix(a)

Miguel Jiménez

| 4 septiembre 2019

Qué encanto de criatura, qué dulzura en la mirada, qué arqueo de cejas, qué acompasado todo con su suave parpadeo, qué manera de ladear la cabecita, de caminar a saltitos, de obligar a hacer girar la cabeza a mamás y abuelas, pasillo arriba, pasillo abajo, con su mono azul bordado de flores rosas, las muñecas a juego de pulseras engarzadas con bisutería de lapislázuli, y esos lazos turquesa sobre dos coletas que flotaban, pasillo abajo, pasillo arriba, como alas, angelicales, en verdad angelical toda ella,  las azafatas admiradas, los azafatos enternecidos, los pilotos y las pilotos derretidos, como azúcar almibarado, como nata de Chantilly sobre un crépe bien calentito, pasillo arriba, pasillo abajo, todo el aeropuerto de París sumido a su paso en un suave perfume de magnolios y jacintos, los aparatos de aire acondicionado destilando agua de colonia Nenuco, las colas de embarque suspendidas en el tiempo, absortos ellos, absortas ellas, y el conductor de la friegasuelos abrillantadora dejándose llevar, con los ojitos redondos como los de los púberes gatitos, toda la sala envuelta en algodón, sedados los sentidos ante semejante sublimación de lo achuchable,  con la megafonía rendida ante un inconsciente y mágico trino de jilgueros, ruiseñores y mirlos, a su paso, como espejo del más puro cielo límpido, del mar refulgente, de la nieve de blancura perpetua, de las nubes mullidas y esponjosas, esa niña, Dios mío, esa niña, encarnación paradigmática de la ternura, hasta que apareció su madre, hasta que metió la mano en el bolso su madre, hasta que sacó una guitarra  de plástico su madre, hasta que le dio la guitarra con las cuerdas también de plástico su madre, hasta que volvió a meter la mano en el bolso su madre, hasta que sacó el teléfono su madre, hasta que le dio al REC en el teléfono su madre, hasta que dijo “¡Ahora!” su madre y hasta que abrió la boca la niña para cantarle a su madre, sí, la niña,  esa maldita niña, hija primogénita y predilecta de Asurancetúrix, digna heredera del gran bardo de las galias en plena capital del Estado galo, reencarnada su arpa en un artefacto índigo de cordaje histérico y estridente, aporreado con la desesperada fruición de los chirridos que buscan hacerse oír pese a la ausencia de caja de resonancia, su voz un graznido insuperable hasta para su maestro, un desatino  paranormal, un estruendo inmarcesible desparramado por la terminal, una tortura guantanamoniana sólo superada por el realismo atroz de sus letras, tan inmediato, tan identificable, con versos inolvidables como “etoy qui en el aropuetoooooooo”, “qui en aropueto eperandooooooo”,  “mucha gente qui conmigo eperandooooo”, “avión cuando va veníííííííííí cuandooooooo”,  ella, pasillo arriba, pasillo abajo, guitarra en mano, precedida por la madre, mirada fija en la pantalla del teléfono, grabando, sin cortes, sin miedo a dejar la memoria sin espacio, inolvidable el éxtasis en su cara, viendo el espectáculo de su retoño, henchida de la confianza transmitida por su progenitora, feliz del arte de la niña, pasillo abajo, pasillo arriba. Y a cada rasgueo se moría en el aeropuerto un hada, a cada alarido se infartaba un jilguero, a cada verso un gatito se ahorcaba, a tomar viento el azúcar, la nata, el algodón, los magnolios y la ternura, “los romanos, por Dios, que vengan los romanos” gritó entre estertores un extremeño, tan rápido fue el tránsito de las carcajadas a la histeria, de la perplejidad a la locura, pues el querubín montó en el mismo avión de cuantos estábamos esperando, matando gaviotas y haciendo estallar las nubes a su paso, y mis hijos, habituales cafres revienta vuelos, sonreían anestesiados,  hasta que la cronista cantó aquello de “etamos llegandoo, llegandooo yaaaaaaa” y no pude más y exhalé un “gracias a Dios” impertinente y eterno. Y es que, qué bueno es estar de regreso.

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