Dumping ecológico

Loli Dolz

2018. Agosto. Una niña sueca con trenzas  decidía manifestarse frente a su parlamento para pedir más contundencia  política ante los problemas climáticos. Su perseverancia y discurso directo y vehemente viralizaron su protesta. Nadie podía creer que Greta Thunberg, de 15 años, tuviera las cosas tan claras, se definiera como activista medioambiental, hablara con semejante claridad y acusara directamente a los adultos de entregarles un futuro mediocre a las generaciones nacidas en el siglo XXI.

Pasaron unos días y otros estudiantes se sumaron a la acción con protestas similares. Pasaron unas semanas y jóvenes de todo el mundo se organizaron bajo el movimiento de huelga climática “Fridays for Future”. Todo sucedía muy rápido, las redes sociales ayudaban, y las verdades climáticas se compartían cada vez más,  concienciando, generando debate y poniendo en la agenda política -de los adultos- los problemas medioambientales que deberían contar con planes de acción desde hace años.

Entonces, (casualidad, seguro) la agenda ambiental de la Unión Europea tomó un nuevo impulso, al menos comenzó a ocupar más espacio en la opinión pública. Los políticos negacionistas más low tuvieron que actualizar un poco sus discursos y algunos de los que se decían creyentes tuvieron que destaparse: o querían actuar contra el cambio climático o no. Y así, nos encontramos con la propuesta que se supone que presentará la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen: el “Green and Fair New Deal” , un conjunto de políticas verdes que tienen por objetivo la neutralidad en emisiones para 2050 pero con la mirada puesta en la reactivación de la economía. ¿Viable? Los expertos dicen que sí, que el ecologismo también requiere del capitalismo, así que el rollo es modificar el destino de nuestras inversiones y promover proyectos sociales y verdes con el fin de reactivar el empleo, reducir la contaminación y generar efectos positivos en la economía real sin la austeridad por bandera. Además, no podemos olvidar que el Banco Mundial ya ha alertado de que un aumento de las temperaturas globales podría desencadenar caídas del PIB mundial, así que, aunque a algunos no les guste, o no se lo puedan creer, economía y ecología van a tener que ir de la mano en el futuro. No hay otra. 

Y en este contexto, Aurelio Martínez, presidente de la Autoridad Portuaria de Valencia, verbalizaba esta semana un preocupación que marcará el futuro de los puertos europeos y de sus sociedades. 

“Europa debería plantearse introducir un impuesto compensatorio a las mercancías de países que no cumplen reglas medioambientales estrictas”, decía Martínez, “la UE está muy preocupada por temas medioambientales y está promoviendo cumbres para firmar acuerdos de descarbonización pero no todos los países los han firmado y esos países están jugando de una manera desleal con nosotros y con el planeta”. Lo mismo sucede con los productores, si creas, confeccionas, produces... en España (o en cualquier país de la UE), tienes que cumplir una normativa medioambiental estricta; si lo haces fuera, no. Es aquí donde entra en juego la responsabilidad y ética del productor, porque facilitar el  “dumping ecológico”, que mencionaba Martínez,  es cosa de unos pocos.

Luego está lo que podemos hacer los demás, los consumidores de los servicios. Está claro que sin cambios en las políticas poco hará que deje de comprar una camiseta aquí o allí, pero la cosa es comenzar a moverse, es contratar los portes con los operadores responsables, cargar mis mercancías en navieras ecoeficientes y socialmente responsables, utilizar las nuevas propuestas tecnológicas y sostenibles para las entregas en ciudad... y asumir (de una vez) que no todo vale por ahorrarse unos  euros.

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