Las sombras del ocio

Loli Dolz

La industria de los cruceros (como todas las relacionadas con el sector del transporte y la logística, la verdad) va por delante de la Administración y de algunos ciudadanos; y así lo he podido comprobar al participar, en Hamburgo, en una nueva edición de Seatrade Europe.

Más de 5.000 personas convocadas a una feria que reúne a los principales agentes de sector en Europa han venido a corroborar que las preguntas que muchos se hacen, llevándose las manos a la cabeza, estaban hechas ya hace unos años o incluso que están ya resueltas. ¿Cómo es posible? Pues yo les digo: cuando un negocio funciona a dos años vista, cuando los resultados de las gestiones no pueden palparse en la cuenta de resultados del ejercicio natural, las perspectivas de todo cambian. En el sector marítimo los ciclos vitales no tienen sentido en años de 365 días; cuando cierras un contrato por un nuevo buque y pasan años antes de tenerlo en la ruta, subiendo y bajando pasajeros, cargando y descargando mercancías, tu forma de enfrentar la actividad varía. Aquí no vale el “lo hacemos y ya veremos”. Por no hablar de los montantes de euros/dólares que supone cada decisión, por supuesto.

Por todo ello, no es de extrañar que la innovación y el desarrollo de nuevas tecnologías aplicadas a la navegación o a la eficiencia en el uso de energías, llegue de la mano del sector marítimo; es que no es cuestión de que les guste la cosa, es que tienen la obligación de estar a la última para poder ser más productivos en el futuro. ¿Qué sentido tendría tener un barco por estrenar con ineficiencias energéticas o de habitabilidad en un mercado tan competitivo como es éste? Por no hablar de detectar las tendencias sociales. ¿A quién le sorprende que las personas estemos deseosas de respirar un aire más limpio? Entonces, natural que las navieras estén comenzando a operar con sus nuevos buques a GNL y que quieran engancharse a la luz cuando atracan ¿no? Pero… aquí viene el problema, la Administración (en todos sus tamaños y colores) no está al día. La legislación no está redactada, los trámites son muy lentos y farragosos y lo que podría ser cuestión de meses se eterniza en años. Y ojo que haya elecciones y se cambien de sillón.

Entonces qué hacen las navieras si los puertos no están preparados; qué hacen los puertos si los ayuntamientos no tramitan las licencias para hacer centros de transformación eléctrica con celeridad o no saben cómo darte permiso para instalar uno, dos o tres generadores eólicos.

Y en medio de todo esto, los vecinos de uno u otro sitio asustados con las consecuencias, supuestamente negativas, de una industria que mueve dentro del monto global de turistas un porcentaje no muy alto. ¿Qué les pasa a algunos territorios con los cruceros? ¿Quizás se siguen vinculando al lujo y al exceso? Bueno, pero si es así, se debería desdeñar cualquier tipo de turismo puesto que es per se ocioso, ¿no? (Sí el de postureo solidario también se hace por gusto y sin necesidad real más que el de inflar el ego).

Quizás falta conocimiento del sector más allá de las fronteras portuarias. Quizás es cuestión de presentar lo que se está haciendo. Quizás es hora de que las promociones hablen de algo más que del descanso, el sol y la oferta gastronómica. Pero… ¿por qué? ¿Por qué exigirle a este sector en particular tanta comunicación y pedagogía sobre su huella de carbono frente a otros sectores turísticos? Apuesto por la transparencia, la información veraz de los datos para poder consumir responsablemente el producto vacacional que me apetezca, pero lo exijo en todos los modos. Quiero esa claridad en el tráfico aéreo, en el ferroviario y en el terrestre (autobuses y mi propio coche). ¿Para cuándo esas peticiones políticas de información? ¿Dónde están los estudios de impacto ambiental de cada nueva ruta nueva en los otros modos?

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