No lo veremos

Paco Prado

Pasa el tiempo volando, no sé si se habrán dado cuenta, y vamos confirmando que algunos sueños a veces se cumplen, otros no, y otros se convierten en pesadillas. Andamos corriendo en nuestro sector detrás de viejas reivindicaciones que, como zanahorias en un palo, se alejan cuanto más cerca parece que las tenemos. Y nos empeñamos en los temas día tras día, año tras año. Dejan de ser temas y se convierten en gotas chinas.
| 21 julio 2017
A pesar de la tozudez recurrente, a veces, lo confieso, uno empieza a creer que no, que nunca vamos a alcanzar determinadas metas. O al menos, nosotros no lo vamos a ver nunca. Seguiremos dando guerra, eso sí, por el qué dirán, pero con concreto realismo. Y es que ya son demasiados años, demasiados políticos, demasiados líderes sindicales y empresariales, los que han pasado por este mundillo nuestro, como para que la esperanza no se resienta. Empezamos a pensar que la reivindicativa e ingrata carrera de fondo tras determinados viejos objetivos no lleva a ninguna parte. Que puede que salgamos del mundo logístico, incluso del mundo a secas, sin haber conseguido jamás ver realizados ciertos proyectos. Y eso que en muchas ocasiones parece que sí, que este acceso o aquella mejora por fin se otean en un horizonte cercano. Que ya está a punto de caramelo. Lo rozamos con los dedos casi tantas veces como nos hemos quedado con la miel en los labios. Ahora, otra vez, parece que el año que viene será el definitivo para alcanzar esta o aquella reivindicación, como lo ha parecido casi cada año de los últimos lustros. Así, nadamos entre la desesperanza y la necesidad de no bajar los brazos. So pena de que la oscura sensación se convierta en negra realidad y el anhelado proyecto vuelva al limbo, al cementerio de los elefantes, al no comer ni dejar, al ni contigo ni sin ti, tan propio del ser humano. No podemos decirlo, porque se supone que creemos que lo vamos a lograr, pero a veces, cada vez más, uno piensa que la administración nunca va a dotar de los adecuados accesos a los magníficos puertos que creamos. Nunca serán capaces de establecer y aplicar una regulación de la estiba que contente, o casi, a todos los implicados. No contaremos con la unidad empresarial precisa para sacar adelante justas reivindicaciones de interés común, porque la competencia mal entendida y los egos mal llevados tapan toda opción de colaborar, al grito de al enemigo ni agua. No veremos nunca las leyes por delante de la realidad o su paso. Ni las política dejando en paz a la economía, ni al bien común fuera del alcance de la demagogia barata. No va a vencer la hermandad al regionalismo. Ni la cultura al provincianismo. Ni la serenidad al victimismo. Ni la ética a nada. En definitiva, la logística en este país nunca va a desarrollar todo su inmenso potencial, porque no la van a dejar entre unos y otros. Al menos no en los próximos 50 años. Luego ya, casi todos nosotros veremos esos viejos temas con otra perspectiva, con otra pasión, quizás más distante y calmada, más serena, con otra perspectiva. Pero sí nos gustaría ver por un agujero, dentro de mucho mucho tiempo, qué ha sido de este o aquel puerto tras no haberse desarrollado todo lo que correspondía, y qué hubiera sido si lo hace. Hay un mundo de logísticos que, desde su posición predominante, pueden que sigan sosteniendo que exagero y que soy pesimista. Hay un universo de trabajadores sin trabajo que seguirán así mientras no seamos capaces de hacer las cosas tan bien como debemos hacerlas. Si todavía creen que exagero, lean las noticias. Por ejemplo, las que hablan de que en vez de tender a la unidad empresarial en la Comunidad Valenciana, se está a punto de crear... otra asociación. Una más. Digo yo que lo suyo sería una, o ninguna. Que ya está bien. Digo.

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