Keynes, Jack Ma, Stajánov y nosotros

JAIME PINEDO Bilbao

John Maynard Keynes, el padre de la macroeconomía y de la política económica, se aventuró a pronosticar en 1930 en su ensayo “Economic Possibilities for our Grandchildren”, que para 2030 las sociedades desarrolladas serían lo suficientemente ricas como para que el tiempo de ocio, más que el laboral, caracterizara los estilos de vida de dichas sociedades.

Argumentaba Keynes que si las economías nacionales crecían a una media anual del 2%, lo que  puede considerarse como una previsión realista, el capital y la riqueza en el mundo se multiplicaría hasta por siete veces. En un mundo tan rico,   en una sociedad de ocio, no trabajaríamos más de 15 horas semanales. 

No nos dejemos llevar por el pesimismo, pero a falta de 11 años para el 2030 parece bastante improbable que Keynes vaya a tener razón. Dicen que un economista “es un experto que sabrá mañana por qué las cosas que predijo ayer no sucedieron hoy”. Y en esas estamos.

El caso es que en la mayor parte de los países desarrollados se trabaja hoy unas 40 horas y se calcula que en los últimos 70 años el tiempo medio de trabajo apenas se ha reducido en dos horas.  Mal que nos pese. O no. Y es que si en algo falló Keynes fue en creer que ante la perspectiva de tener ya las necesidades básicas cubiertas, con 15 horas de trabajo semanales, las personas  se entregarían al ocio creativo o contemplativo en lugar de querer saciar sus apetitos materiales, de acumular más bienes y riqueza, de poseer más y mejores cosas. “Es el mercado, amigo”, dijo un conocido banquero patrio.

Sin embargo, esta explicación tampoco aclara la contradicción. ¿Por qué entonces si cada vez somos más productivos no podemos trabajar menos? Suecia eliminó la semana laboral de 30 horas en el sector público por los costes económicos que suponía contratar personal extra, mientras en Francia, la jornada de 35 horas que aprobó el Gobierno del socialista Lionel Jospin en 2000, además de fuertemente contestada por las empresas, apenas se aplica. Ninguna empresa quiere abrir cuatro días a la semana cuando la de al lado lo hace cinco.

Y en estas llega China, que por algo está en el Extremo Oriente. O al menos en el extremo lo está Jack Ma, el fundador del gigante asiático del comercio electrónico Alibaba Group, quien ha hecho viral la cifra 996 como paradigma de otro futuro laboral que, esta vez sí, esperemos que no se cumpla jamás. El magnate chino ha defendido un patrón laboral “no oficial” consistente en trabajar 12 horas diarias, de 9 de la mañana a 9 de la noche, durante 6 días a la semana, lo que suma un total de 72 horas semanales. “Si no trabajas de 9 de la mañana a las 9 de la noche cuando eres joven, ¿cuándo lo vas a hacer?”, aseguran que preguntó Ma a sus empleados durante una charla.

Entre el americano Keynes y el chino Ma podemos completar el mapa de las superpotencias con un ruso, o mejor dicho soviético: Alekséi Grigórievich Stajánov, el célebre minero que fue nombrado Héroe del Trabajo Socialista en 1970 por ser ejemplo de sacrificio personal dedicado al progreso del país. Cuenta la propaganda que en 1935 consiguió extraer 14 veces más la media de carbón que sus compañeros, que era de 7 toneladas. Él extrajo, en 6 horas, 102 toneladas. Y Stalin lo escogió como modelo para el resto de trabajadores de la URSS.

Y a todo esto, España ¿qué? Nosotros a lo nuestro, a fichar a la entrada y a la salida del trabajo, con la obligación desde ayer para las empresas de registrar el horario de sus trabajadores. “Pero... ¿y la productividad?”  “Ese tema no se toca ahora, ¡¡¡estajanovista!!!”

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