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Guerra de divisas, Acuerdo de Mar-a-Lago o dejar actuar al mercado

  • Última actualización
    07 febrero 2025 05:20

Donald Trump es hombre de obsesiones económicas muy marcadas. Y no deja lugar a dudas sobre cuál es su postura... salvo respecto a la cotización del dólar.

Vociferar sobre los costes de un dólar demasiado apreciado y amenazar con castigar (con aranceles, por supuesto) a quien actúe para debilitarlo es, cuanto menos, pintoresco. Pero vamos a aceptar que, mientras sus políticas tienden a fortalecer al dólar, el Gobierno Trump se empeña en moverlo en sentido contrario. Se abren, en ese caso, tres opciones.

La primera es dejar actuar al mercado, en cuyo caso, con políticas comerciales, migratorias y fiscales inflacionistas, que obligarán a la Fed a mantener una política monetaria más restrictiva de lo que sería en caso contrario, el dólar se verá reforzado, dificultando, por tanto, la reducción del déficit comercial estadounidense.

La segunda alternativa es alcanzar un acuerdo internacional similar al cerrado el 22 de septiembre de 1985, en el Hotel Plaza de Nueva York, donde los cinco principales (entonces) países industrializados acordaron actuar para reducir el valor del dólar, con Japón como agente principal, induciendo una fuerte apreciación del yen. Sin duda, hoy en día un acuerdo así se firmaría en la residencia de Trump en Mar-a-Lago (Florida). Pero la probabilidad es remota. Primero, porque la apreciación del dólar en los últimos años ha sido mucho más modesta y gradual que en los años ochenta (ver gráfico) y ha estado en buena medida justificada por una economía bastante dinámica (al menos en relación al resto de Occidente), igual que en la segunda mitad de los años noventa (ver gráfico de nuevo). Segundo, porque las monedas que deberían apreciarse en un acuerdo de ese tenor (euro, yuan) corresponden a economías que, cada cual en su estadio de desarrollo, tienen problemas de crecimiento, y dependen notablemente de la contribución del sector exterior. Y tercero, porque la experiencia japonesa tras el Acuerdo Plaza no fue positiva. El intento de compensar la drástica apreciación del yen con un aumento de la demanda interna impulsada por una política monetaria demasiado expansiva sentó las bases de la colosal burbuja inmobiliaria y bursátil que, tras su implosión, ha castigado durante décadas la economía japonesa.

¿Y cuál es la tercera alternativa?

El regreso de la guerra de divisas, siguiendo el término que popularizó en 2010 el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, haciendo referencia al esfuerzo de muchos países por crecer debilitando sus respectivas divisas (y empobreciendo a sus socios).

Sería otro golpe negativo para la economía mundial. Mejor dejen actuar al mercado.

¿Se puede conseguir lo imposible?

Por optimista que uno sea, la respuesta a esta pregunta es negativa. Por ello, cabe anticipar que la Administración Trump se va a sentir muy decepcionada con los resultados de algunas de sus políticas. Señalaremos ya desde este primer momento de su andadura cuatro ejemplos, para que el lector lo tenga presente en el resto de la legislatura.

Comencemos con el petróleo. Donald Trump desea un fuerte incremento de la producción estadounidense, mientras presiona a los productores del Golfo Pérsico para que aumenten su generación de crudo, con un efecto bajista inmediato sobre los precios. Todo ello para reducir el coste de los combustibles para los consumidores estadounidenses y contener la inflación. Sin embargo, los grandes exportadores de crudo en este momento están más bien evitando una caída mayor de precios que forzándolos al alza. Si esos precios caen más, la viabilidad de la apertura de nuevos pozos en Estados Unidos desaparece, por falta de rentabilidad. Nada de “drill, baby, drill”.

Enlacemos con la inflación y los tipos de interés. Si un mercado laboral altamente tensionado se encuentra con la exclusión del mismo de millones de trabajadores (política migratoria de Trump), la presión al alza sobre los salarios o, más probablemente, dados los sectores en los que están ocupados la mayor parte de los aquellos, las restricciones en la producción provocadas por la insuficiente mano de obra, provocarán una mayor inflación. El mismo efecto que se derivará de una política fiscal de masivos recortes impositivos, favorables para estimular la demanda, pero no para la estabilidad de precios. Y, claro está, también los aranceles serán inflacionistas. No de manera excesiva, para ser rigurosos. Las importaciones suponen solo el 14% del PIB estadounidense, y no cabe duda de que los productores absorberían parte del aumento del coste, entre otras cosas porque un dólar fuerte se transforma en una mayor cantidad de, por ejemplo, euros o yuanes. Pero, con presiones al alza sobre la inflación, los tipos de interés no van a reducirse como desea Trump.

Esos tipos de interés relativamente altos, combinados con una economía que crece a un ritmo notable, garantizan la fortaleza del dólar. Las amenazas emitidas por Trump de sancionar a quien actúe para reducir el peso de la divisa estadounidense en el sistema monetario internacional refuerzan también al “billete verde”. Pero, a la vez, Trump proclama que desea un dólar más débil para exportar más. He aquí un tercer imposible.

Cerremos con nuestra contradicción favorita, ya alguna vez relatada en estas páginas: la obsesión con el eliminar el déficit exterior estadounidense. Pero las políticas que fortalecen el dólar, ya reseñadas, conducen a lo contrario. Además, los aranceles penalizan las importaciones, pero las represalias de los socios (inevitables), dificultan las exportaciones. Y la presión a las empresas internacionales para que produzcan en Estados Unidos supondrá, si es efectiva, más inversión en el país, realizada con ahorro exterior, lo que puede ser muy positivo para el crecimiento, pero, por pura identidad contable aumenta el déficit exterior. Adicionalmente, la permanente insuficiencia del ahorro público, que se agravará con las políticas fiscales de Trump, genera exactamente el mismo efecto. Así que no habrá corrección en el déficit exterior, como no la hubo durante la primera Administración Trump. Hay una incompatibilidad incuestionable entre buena parte de las políticas anunciadas por Trump y algunos de sus objetivos económicos. Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Rompiendo la porcelana

La catarata de órdenes ejecutivas firmadas por Donald Trump ha incluido una buena dosis de decisiones que dañan acuerdos internacionales de por sí frágiles pero trascendentes. La atención se ha centrado en el abandono del Acuerdo de París sobre la lucha contra el cambio climático y la utilización de los aranceles comerciales como instrumento para conseguir todo tipo de objetivos. Pero también de notable importancia es el abandono definitivo de Estados Unidos del acuerdo, impulsado por la OCDE y apoyado por más de 140 países en 2021, sobre imposición a las multinacionales, que se esperaba generase alrededor de 200 millardos de dólares anuales para las arcas públicas de gobiernos de todo el mundo. Es verdad que solo uno de los dos pilares (el segundo) del acuerdo estaba en marcha, el que establece una imposición mínima del 15% sobre los beneficios de esas empresas, con posibilidad de grabarlas hasta ese tope por países en los que operan, si el tipo impositivo en su propio país es inferior. El primer pilar, sobre cómo distribuir esa imposición de manera que no excluya al mundo emergente, está pendiente de concretar. También es cierto que la Administración Biden nunca consiguió la ratificación del acuerdo e igualmente es verdad que los signatarios pueden seguir grabando a las multinacionales según lo firmado... exponiéndose a la ira del Gobierno Trump. Por tanto, aquí encontraremos en los próximos años, tristemente, otra fuente de conflicto, en lugar de una mejora, como parecía hasta ahora, en las relaciones económicas internacionales.

Un superávit de récord que denota desequilibrios significativos

Pésimo momento el actual para que aparezcan los nuevos datos, en máximos históricos, sobre el superávit comercial chino: 105.000 millones de dólares en diciembre y 992.000 millones de dólares para el conjunto de 2024. Un tercio de la cifra anual proviene del superávit con Estados Unidos. Pero este resultado también se apoya en saldos crecientemente favorables a China con el resto del mundo, y denota los severos desequilibrios existentes en el crecimiento chino actual. Con el mercado inmobiliario aún colapsado y el anémico avance del consumo (constatando la insuficiencia de las medidas adoptadas hasta el momento), el país solo puede lograr su objetivo de crecimiento (y esto incluye serias dudas sobre la fiabilidad de las estadísticas) con una aportación cada vez mayor del sector exterior. Inevitablemente, eso conduce a tensiones con un número creciente de socios comerciales, que pueden intensificarse aún más si China opta por sustituir una posición a la baja en el mercado estadounidense con una presencia superior en mercados alternativos, conseguida frecuentemente a través de medidas públicas de apoyo a sus empresas poco compatibles con un comercio respetuoso con las normas.

Hasta una normalización resulta anormal

En un escenario internacional tan convulso como el actual, hasta un proceso de normalización de la política monetaria resulta llamativo. Pero lo es porque tiene lugar en la economía japonesa, para la que la laxitud monetaria, elevada o extrema, ha sido pauta ininterrumpida desde hace más de tres décadas.

Ahora, el Banco Central de Japón, dirigido por Kazuo Ueda, ha establecido el tipo de interés de referencia más alto en 17 años, cuando Occidente se mueve en dirección opuesta, aunque con incertidumbre creciente por el cariz inflacionista de las políticas de la Administración Trump. En Japón, la inflación, tanto global como subyacente, parece haberse estabilizado en terreno positivo, y los incrementos salariales se sitúan por encima de la misma, en una dinámica necesaria para alejar a Japón del flirteo con la deflación que ha caracterizado al país desde mediados de los años noventa del pasado siglo. Subrayada esta novedad, no vaya a creer el lector que los tipos son precisamente asfixiantes: la última subida los sitúa en el 0.5% y, aunque movimientos adicionales se dan por descontados, se producirán con suma cautela