Donald Trump es hombre de obsesiones económicas muy marcadas. Y no deja lugar a dudas sobre cuál es su postura... salvo respecto a la cotización del dólar.
Vociferar sobre los costes de un dólar demasiado apreciado y amenazar con castigar (con aranceles, por supuesto) a quien actúe para debilitarlo es, cuanto menos, pintoresco. Pero vamos a aceptar que, mientras sus políticas tienden a fortalecer al dólar, el Gobierno Trump se empeña en moverlo en sentido contrario. Se abren, en ese caso, tres opciones.
La primera es dejar actuar al mercado, en cuyo caso, con políticas comerciales, migratorias y fiscales inflacionistas, que obligarán a la Fed a mantener una política monetaria más restrictiva de lo que sería en caso contrario, el dólar se verá reforzado, dificultando, por tanto, la reducción del déficit comercial estadounidense.
La segunda alternativa es alcanzar un acuerdo internacional similar al cerrado el 22 de septiembre de 1985, en el Hotel Plaza de Nueva York, donde los cinco principales (entonces) países industrializados acordaron actuar para reducir el valor del dólar, con Japón como agente principal, induciendo una fuerte apreciación del yen. Sin duda, hoy en día un acuerdo así se firmaría en la residencia de Trump en Mar-a-Lago (Florida). Pero la probabilidad es remota. Primero, porque la apreciación del dólar en los últimos años ha sido mucho más modesta y gradual que en los años ochenta (ver gráfico) y ha estado en buena medida justificada por una economía bastante dinámica (al menos en relación al resto de Occidente), igual que en la segunda mitad de los años noventa (ver gráfico de nuevo). Segundo, porque las monedas que deberían apreciarse en un acuerdo de ese tenor (euro, yuan) corresponden a economías que, cada cual en su estadio de desarrollo, tienen problemas de crecimiento, y dependen notablemente de la contribución del sector exterior. Y tercero, porque la experiencia japonesa tras el Acuerdo Plaza no fue positiva. El intento de compensar la drástica apreciación del yen con un aumento de la demanda interna impulsada por una política monetaria demasiado expansiva sentó las bases de la colosal burbuja inmobiliaria y bursátil que, tras su implosión, ha castigado durante décadas la economía japonesa.
¿Y cuál es la tercera alternativa?
El regreso de la guerra de divisas, siguiendo el término que popularizó en 2010 el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, haciendo referencia al esfuerzo de muchos países por crecer debilitando sus respectivas divisas (y empobreciendo a sus socios).
Sería otro golpe negativo para la economía mundial. Mejor dejen actuar al mercado.