La experiencia, que cada vez va siendo un poco más dilatada, me enseña que en esta vida hay tres tipos de personas. Los facilitadores, que se esfuerzan en que todo fluya; los neutros, que deambulan sin pena ni gloria, y los tocabolas, que son ese tipo de personas cuyo cometido principal no es otro que obstruir, torpedear, zancadillear... lo que viene siendo tocar las bolas en el sentido figurado de la expresión, vaya.
Sí, ya sé que se podrían establecer otras 217 categorías diferentes, pero ni me viene bien para esta columna ni vamos a hacer un tratado de perfiles psicológicos asociados al sector logístico, por más que esto último pudiera convertirse en un bestseller sin precedentes. No tengo duda.
Y como los dos últimos perfiles no aportan nada, prefiero centrarme en los primeros, en los que realmente son capaces de transformar sus acciones, gestos y palabras en inputs que suman.
Por no cerrarme en exclusiva al ámbito de las personas, quiero destacar que hay asociaciones, instituciones y empresas que también ejercen un papel fundamental como facilitadoras.
Por ejemplo, los colegios de agentes de aduanas y representantes aduaneros, integrados en el Consejo General, desarrollan desde hace décadas (siglos se podría decir) un trabajo excepcional para su colectivo. Una tarea callada, muchas veces ingrata, abrumada por la densidad de las nuevas normativas y un comercio internacional cambiante y volátil, que no suele ser reconocida y que presenta una utilidad absolutamente demostrada y necesaria. Son facilitadores de primer nivel.
Si un colegio ha sido capaz de mantener su actividad durante cien años y sigue a pleno rendimiento, es porque ha hecho las cosas bien y se ha sabido adaptar a las necesidades de cada momento. Tildarlos de arcaicos, viejunos o inmovilistas es no conocer la realidad de estas agrupaciones profesionales.