Tirarlos al mar

Paco Prado

Local para bodas, bautizos, comuniones y separaciones, aula para explicar la cultura y la historia, pista de atletismo, sala de conciertos, salón de congresos, cine de verano, “paellódromo”, centro de presentaciones falleras y galas solidarias, pista de patinaje, gimnasio, piscina, circuitos para carrera de vehículos con radiocontrol, salón de baile, centro de ensayo para bandas de música, parque infantil, escuela de teatro, local para mítines… incluso sede de empresas de “producción cultural” o del sector de la “innovación y la economía del conocimiento”. 

Dentro de mi atrevida ignorancia se me ocurren esos y otros destinos para los tinglados 4 y 5 del Puerto de Valencia. Bueno, no todas son ideas mías. Las dos últimas se dieron como buenas a principios de julio del pasado año, cuando los tinglados y su uso volvieron al Ayuntamiento de Valencia.

Hubo firma de convenio protocolario, aunque para ello hubo de traerse el documento, las sillas, la mesa y el boli. Hubo invitados, hubo políticos, hubo empresarios del sector, periodistas varios, fotógrafos muchos, promesas mil. Un tinglado para la cultura y otro para la innovación, decían. Las obras de rehabilitación empezarían, dijeron, de inmediato y estarían finalizadas a mediados de 2019, nueve meses después. Un parto. Pero no, no ha sido un parto. Fue una parida. Otra. La soltaron entonces con la inmensa tranquilidad que da eso de que por los tinglados ya no pase nadie. Así se puede prometer libremente. Nadie les va a reclamar que maquillen a los muertos, si no piensan ir a verlos.

Confieso que me sigue gustando pasear por el puerto y a veces hago de tripas corazón y paso por los imponentes tinglados, de 9.000 y 7.500 metros cuadrados.

No es que no se hayan maquillado, es que están cayéndose a trozos. El tinglado dos, como el 4 y el 5, tenían un seguro de vida que sólo conserva el 2: estaban en la orilla del mar. Ahora el 4 y el 5 están frente a un muro de tanatorios que les está matando poco a poco. Además, han de bregar con el recochineo de que hayan dejado unas pequeñas rendijas entre las estructuras de hormigón y cristal, para que los tristes tinglados puedan ver lo que les han quitado. Pura tortura. Cualquier cosa podría ubicarse en esos tinglados, siempre que antes de añadirles nada, les quitaran lo que les han puesto delante.

Las efímeras y horrorosas bases de los sindicatos que compitieron en la Copa del América se perpetúan ahí desde 2007, matando poco a poco a los centenarios tinglados que, nacidos para el mar, agonizan envueltos en la sombra de los edificios ocupas.

Las imponentes estructuras, con su siglo y un lustro de antigüedad, enmarcaban desde su nacimiento, con elegancia, cultura, historia y arte, la parte más preciosa de la ciudad, donde el mar y las pequeñas embarcaciones te ayudan a relajarte y a olvidar penas y quebrantos. Ahora, desde 2007, languidecen enfermas de sombras y añoranza del Mediterráneo, con los cristales rotos y las maderas partidas. Ya nadie pasea por la riba, con ellos a un lado y el mar al otro, porque ese paseo inigualable lo han convertido en un pasillo de psiquiátrico.

Los pobres tinglados no pueden seguir agonizando así. No merecen ese trato. Se hace preciso, urgentemente, derribarlos y tirarlos al mar uno detrás de otro, por el bien del tesoro indiscutible que supone poder ver el mar. Todos al mar. Un buen remojón no les vendrá mal. A nuestros queridos mandatarios, digo.



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